23 Dezembro 2015
(Artículo de Rosa Mª Balas, Directora General de Acción Exterior de la Junta de Extremadura, publicado en el diario Hoy el 18 de diciembre de 2015)

La Unión Europea comienza a gestarse en la segunda mitad del siglo XX tras haber padecido las dos mayores guerras de la historia de la humanidad. La vieja Europa recomponía sus costuras de un periodo convulso de treinta años (1914-1944) y era inevitable buscar un espacio de encuentro entre países que estaban condenados a entenderse para no repetir trágicos errores. El devenir de la construcción europea no ha sido una tarea sencilla: los intereses nacionales, las dificultades de comunicación o las diferencias políticas y culturales fueron en su momento obstáculos para la integración de un espacio en el que los mapas todavía marcaban unas líneas demasiado profundas, de esas que no se borran simplemente mediante la creación de instituciones, parlamentos o tratados.

Europa no podía construirse solo como un mero espacio sin aranceles ni control de pasaportes en las aduanas, porque aunque eran pasos importantes de nada servía si cada país ignoraba a sus compañeros de camino, de nada servía si no había integración entre los ciudadanos. Fue precisamente hace veinticinco años cuando la Unión Europea pone en marcha un proyecto piloto para eliminar los obstáculos fronterizos y aumentar la cooperación, Interreg, que ha logrado que los ciudadanos europeos de Estados limítrofes comenzaran a desarrollar proyectos comunes.

Esta iniciativa nació con un objetivo claro que era avanzar en la integración europea eliminando las fronteras, y ha permitido que las regiones establezcan lazos naturales borrando esas líneas divisorias, construyendo el alma de Europa. Sin embargo, la crisis que estamos viviendo con la situación de la llegada de miles de personas refugiadas a Europa, nos ha hecho ver que regiones que eran modelo de cooperación hasta hace unas semanas, hasta hace unos meses, han vuelto a levantar vallas, fronteras, barreras mucho más duras, mucho más peligrosas y mucho más dañinas. Esto significa que la cooperación transfronteriza, y en general, la cooperación territorial, no es un elemento que se mantiene 'per se' en el tiempo, sino que es un elemento que debemos cuidar y fomentar todos y cada uno de los días, y que tenemos que construir entre todos en base a la confianza.

Hace unas semanas en el marco de la Feria Hispano-Portuguesa en Badajoz tuvimos la oportunidad de contemplar la exposición fotográfica «Extremadura y Portugal. La cooperación en imágenes» que hacía un repaso de algunos de los hitos más importantes que han ocurrido en Extremadura durante estos veinticinco años en el ámbito de la cooperación. La muestra comienza con el acto simbólico de la supresión de las aduanas y los primeros encuentros institucionales para impulsar la cooperación; con el paso de los años la secuencia de imágenes va perdiendo carácter institucional y gana peso el papel de la sociedad civil, plasmando en fotografías actividades de carácter social que reflejan que la cooperación territorial, la cooperación transfronteriza se hace por y para las personas, y son los ciudadanos sus verdaderos protagonistas.

Desde la puesta en marcha de Ia Iniciativa Interreg Extremadura se volcó en la cooperación transfronteriza, que se ha traducido en la puesta en marcha y financiación de numerosos proyectos que han cambiado, en muchos casos, la fisonomía de nuestra frontera, pero también han modificado radicalmente nuestra forma de relacionarnos. Hemos pasado del mutuo desconocimiento y la indiferencia de hace años a una plena normalidad y naturalidad en nuestro marco de relaciones.

Y en este cuarto de siglo, nuestra región ha sabido liderar y ser ejemplo de buenas prácticas en muchos aspectos de la cooperación transfronteriza: desde la adquisición de equipamientos médico-hospitalarios que comparten ciudadanos de ambos países hasta la profundización del conocimiento de la lengua y la cultura de nuestros vecinos, como demuestra el hecho de que Extremadura es la región española con más estudiantes de portugués.

Asimismo, hace seis años, los extremeños y portugueses constituimos la eurorregión EUROACE, un proyecto de cooperación política que engloba a más de 3,3 millones de habitantes, un espacio europeo de relaciones entre ciudadanos que comparten frontera y vecindad, con circunstancias y dificultades comunes -muchas procedentes de nuestra condición fronteriza: despoblación, falta de servicios e infraestructuras- y que nace de la convicción de que para multiplicar el impacto de los proyectos que ponemos en marcha en nuestros territorios y ocupar un lugar significativo en Europa, debemos aumentar nuestra masa crítica y presentar un frente común desde la cooperación.

Si bien la cooperación transfronteriza ha desempeñado un papel fundamental en el desarrollo conjunto de nuestros territorios y en la construcción europea, hoy tenemos ante nosotros importantes desafíos como son, entre otros, poner en marcha nuestra estrategia de especialización inteligente, incrementar la cooperación en materia de innovación y emprendimiento y continuar con la puesta en valor de nuestro patrimonio ecológico común a lo largo de 428 kilómetros de frontera.

Pero Extremadura ya ha demostrado que cree en la cooperación transfronteriza más allá de los programas europeos y en esta línea se enmarca nuestra apuesta por impulsar y potenciar nuestras relaciones con Portugal, incorporando como herramientas fundamentales la coordinación entre las instituciones para que las acciones sean más coherentes y logren un mayor impacto, y la participación de la sociedad parte esencial de las políticas de cooperación.

Al igual que en el resto de los ámbitos de la acción exterior, la cooperación territorial y transfronteriza debe desarrollarse en base a cuatro pilares: el ámbito institucional, el económico en su conjunto, el ámbito social y el ámbito cultural.

La importancia de este programa, que empezó hace un cuarto de siglo como una iniciativa comunitaria y pasó a ser objetivo formal de la Política de Cohesión Europea en el año 2000, radica en que el 37,5% de la población europea reside en áreas fronterizas, compartiendo vecindad con múltiples barreras: sociales, lingüísticas, administrativas... Sólo enfrentando conjuntamente los retos comunes y mejorando los procesos de cooperación conseguiremos un desarrollo conjunto de nuestros territorios contribuyendo así a la construcción de Europa.